Ante
la perspectiva no expuesta al debate, no explícita,
ni siquiera ofrecida desde una conciencia de razón
universal, de un gobierno mundial –“globalización”—,
sin otro condicionamiento que la posibilidad de llevarlo
a cabo por los triunfadores en una competencia desordenada
e irrestricta entre individuos que ni siquiera reconocen
su obligación ante la unidad y unicidad de la especie,
indudablemente las personas –ser calificado que se identifica
por su corresponsabilidad consciente para con un semejante—sienten
el frío en la espina dorsal que produce la inminencia
de un peligro que no puede detectarse en sus causas reales
y antecedentes. Es el miedo al fantasma, que es otra cosa,
que viene de otro mundo y que puede sobre nosotros sin que
nosotros podamos frente a él.
Se entiende
que alguien que es más fuerte, más feroz y
que está mejor armado, decida vencernos en combate
y matarnos o esclavizarnos. Así ha sido siempre el
destino de los más débiles o menos fieros.
Esto es comprensible de las fieras en la selva, que obran
con su piel desnuda, a puro músculo y fiereza. Sabemos
que podemos ser desgarrados, sometidos, amordazados, pero
sabemos que eso viene de la garra del otro, y que nos tocó
perder esa batalla. Ya habrá otra en que uno de nosotros
--o que de nosotros venga--, que los vencerá y se
desquitará setenta por uno. Porque los que hoy están
arriba mañana estarán abajo y viceversa. La
brutalidad es una condición de las bestias, y bestias
somos cuando no intentamos el difícil oficio de ser
hombres.
Pero
eso de una lombriz que puede penetrarnos insensiblemente
por donde no podemos defendernos, que puede poseernos por
dentro y determinarnos –programarnos—hasta en cómo
deben ser nuestros pensamientos y voliciones, el color de
nuestros ojos o las modulaciones de nuestro sexo,... sin
que para nada intervenga ni siquiera nuestro darnos cuenta
de lo que va a pasar, es escalofriante.
Cuando
nos miramos desde el ojo del otro a quien no vemos y advertimos
que somos para él una mera larva que puede, según
su antojo, desarrollarse en un ser pleno o no; que es visto
simplemente como una res que produce y consume dentro de
un repertorio predecidido sin tomarlo en cuenta, y que así
puede nacer, crecer, trabajar, divertirse y chochear; cuando
considera que hasta la muerte le ha sido negada como objeto
de reflexión, para reducírsela dogmáticamente
a cese de advertencias y operaciones, lo único que
un hombre puede sentir es espanto. No hay escape. ¡Ni
muriéndose!...
Entonces,
por supuesto, no queda sino la enajenación, para
irse entreteniendo mientras tanto, las voluptuosidades de
una epidermis gastable, el aturdimiento de los ruidos no
significantes, el mareo de una sucesión de imágenes
todas suscitantes y ninguna atrapable: el tiempo medido
por la eficacia del afrodisíaco, el espacio por la
percepción de un músculo ya incontraíble.
Cuando
todo en la doctrina que se nos explica ha sido aniquilado
para que no quede más que la película que
nos están pasando hasta el final de la tanda, hay
un instante de horror en que cerramos los ojos, un instante
nada más, en que nos supendemos del cine, y sin palabras
–que las que tuvimos nos han enseñado a olvidarlas--
, nos sale, como un estertor, el reclamo del ser: de lo
que está por ecima de todo lo que pasa, de lo que
queda necesariamente inmutable cuando todo se desahace,
eso que es a la vez lo superior y lo sustante, lo que da
cuerpo y regencia, lo que es cabeza cuando lo demás
es extensión incontable. Hay una palabra, acogida
por el derecho, cuando éste tenía sentido
y respetabilidad en la tierra, soberanía. Se trata
de lo que está arriba, en el lugar desde donde se
manda se domina, se decide y se acepta, se comprende y se
juzga, y en la raiz desde donde se siente, se ama, se quiere,
se intenta; de lo que es jinete y no jaca; corazón
y seso del guerrero, no coraza ni maza. De aquello de donde
brota la voz, compulsiva o restringente, de lo que puede,
debe y tiene que ser palabra. Nombre porque el que soy conocido,
por el que la obra ha de ser juzgada, sustancialidad por
la que el accidente puede mutar sin que se acabe el ente.
Esto
es un hombre, un pueblo, una civilización, una conciencia
integral de nuestra especialidad humana. Por eso no se es
Pedro por un accidente casual prescindible y transitorio,
ocurrido en el caos, sino porque por lo que Pedro significa,
por quien lo lleva como nombre, y por lo que su vida ha
de servir y ser para el reencuentro de la única criatura
universal que tiene ante sí las dos opciones absolutas:
el ser y la nada. Por eso Pedro –nombre caprichosamente
portado por el hijo, el hermano o el padre de cualquiera,
hasta por uno mismo— es el extremo absoluto de de una polarización
infinita en cuyo otro extremo está todo lo que puede
ser pensado o ignorado, inevitable e inseparablemente conjugado.
Porque Pedro no és si lo otro no fuera, ni lo otro
importaría si no estuviese Pedro para que a él
necesariamente le importara.
He ahí
la necesaria idea esencial de la soberanía: para
que Pedro sepa quién es el único que verdaderamente
puede estar sobre él, y cómo él está
necesariamente sobre todo lo que no sea esa síntesis
primera, sean bestias, plantas, piedras, o ángeles.
Si soberanía es aquello a lo que el hombre se debe,
es aquello también que se ejerce y hay que ejercer
para jugarse el alma en el intento, para que tenga sentido
el habernos dado cuenta de que existimos... y que podemos...
(algo, cualquier cosa, por pequeña que sea).
Esta
conciencia es lo que hace respetable o no a un hombre ante
todos los hombres, a un pueblo ante los otros, a cualquiera
ante sus congéneres. Por esto, guste que no, tiene
que luchar el hombre, como el infante para llegar a adulto,
como la bestezuela informe para llegar a humano. Duro trabajo
sin duda el de una creatura que tiene que esforzarse mortalmente
para llegar verdaderamente a ser lo que es.
Pero
la soberanía, que como acto de crecimiento es un
pujo obligadamente individual de llegar a alzarse, a erguirse
y a mostrar un rostro, decir un discurso y labrar una obra,
no puede consumarse en soledad individualista. Hubiera sido
la locura o la precipitación en el infierno. Para
llegar a ser hombre hay que empinarse entre los hombres,
con ellos y para ellos. Para que el ‘yo’ exista, tiene que
ser comprendido en un ‘nosotros’; como para que el ‘nosotros’
valga, tiene que proyectarse desde un ‘yo’. Entonces no
hay concienica de soberanía ni valor de la misma
si no está asumida en una comunidad: el grupo que
se reconoce como un ser propio, como un común de
sentimiento, voluntad y ciencia. He ahí la gradación
de vínculos que van desde la familia y la tribu inmediatas,
hasta la nación o la mancomunidad de naciones, hasta
la humanidad.
Por
eso cuando cuando los cubanos nos dimos cuenta de que estábamos
en la obligación de ser adultos, la palabra por la
que empezamos a sustanciarnos fue la de “patria”. Por supuesto
que la habíamos tenido siempre. No hay hombre sin
patria. Ni siquiera un animal sin ella. Todo ser vivo tiene
un lugar al que está vinculado, donde se crece, se
aprende a vivir, se sueña, se ama, se reconoce al
prójimo y se distingue al enemigo si este amenaza,
un lugar donde se muere, y si se es hombre, donde se aspira
a ser recordado, rescatado, recobrado, que inevitablemente
es en el hombre donde la idea de la resurrección
ha germinado. Somos nosotros los que hablamos y decimos,
hasta escribimos, porque no nos concebimos sino de algún
modo perdurando. Por eso nos hacemos regalos y guardamos
piedras. Esta noción, tal vez inescrutable pero si
ineludible, de perduración, de continuidad del ser,
de superación de la nada, es lo que nos permite hablarnos
a través del tiempo, contemplarnos a través
del espacio, encontrarnos más allá del vacío.
Le ponemos distintos nombres pero es lo mismo, --familia,
horda, estirpe, nación, raza, país,...--,
y en el recinto íntimo donde todas las cosas o duelen
o exultan hasta más allá de lo enarrable,
le decimos: “patria”.
Cuando
entramos en patria se nos abre un gran desgarramiento, porque
yo no puedo tener patria si todos los hombres no tienen
patria, si mi patria no puede ser la patria de todos los
hombres, si la patria de cualquier hombre no puede ser la
mía. Entonces me doy cuenta de que eso de patria,
como todo lo valioso en este mundo, es un trabajo. Labor
de desbrozar la selva, de fecundar el secano, de labrar
el roquedo, de levantar la ciudad, con sus calles para viajar
por ella, sus puentes para comunicarnos, sus plazas para
encontrarnos, sus monumentos para guardar memorias y sus
templos para alcanzar la gloria. Que la patria es una gran
construcción, acto de ir asumiendo campos y gentes,
definiendo signos, organizando sistemas, produciendo idioma
para entendernos y comprendernos, debatirnos y consolidarnos,
cuestionarnos y proponernos, desahcernos, reahacernos e
intentarla juntos.
La patria,
en un principio, es el patio de mi casa, la cerca y la del
vecino; luego la plaza del pueblo, la bodega y el cementerio;
seguimos y es el país con sus ciudades, gobiernos,
provincias y municipios; sigue por una comunidad de intereses
espirituales y materiales, de lengua en la que nos sabemos
las claves herméticas que los demás no comprenden,
y de quereres e historias, poemas y cuentos que nos hacemos
en las noches cuando el alba se nos demora mucho; seguimos
por el mundo, que nadie puede tener en sus manos ni contemplar
de su horizonte sino el círculo que nos lo niega,
pero que podemos pensar como una esferita que puede rompérsenos
o podemos cuidar de ella. Por fin es como una gran asamblea,
en una plaza llena de luces, donde en coro polifónico
nos digamos todas las melodías con las que soñamos
y no pudimos producir con nuestras gargantas, porque habrá
alguien que las escuche y nos ame por ellas.
Así
los hombres, a través de los siglos y por toda la
extensión, nos hemos estado juntando unas veces y
separando otras, abrazándonos o matándonos,
entendiéndonos o confundiéndonos. Pero hay
tiempos de juntar y de construir que han de superar los
de disgregarnos y arrasar con todo.
Antes
de la “independencia” y de la “patria” –así, en pequeñito—después
de la gran violencia y el gran mestizaje que significó
la conquista, éramos una sola gente, una sola nación
, una patria, los reinos de indias vasallos sólo
del rey de Castilla, más verdaderamente independientes
que lo que jamás fuimos después, con lengua,
derecho y religión común. E íbamos
de un extremo a otro, acaso entre las grandes injusticias,
pero también entre las grandes justicias, que fue
entre nosotros que se defendió el derecho de los
conquistados ante el mismo conquistador (¿u os habéis
olvidadado de los dominicos, de Fray Antón Montesinos,
Fray Bartolomé de las Casa, y otros, de las Leyes
de Indias, la revolución de Enriquillo, y otras más?
Unos y otros, europeos, indios y africanos somos gente muy
mala; claro, siempre uno de nosotros es peor que el otro,
(según el otro). Pero todos tenemos algo de bueno
y nadie se puede quedar fuera de este bote: o intentamos
salvarnos todos o nos humdimos irremediablemente. Eramos
la Mancomunidad de Pueblos Iberoamericanaos, que desde los
Pirineos hasta la Patagonia intentábamos sobrevivir
entre piratas y explotadores, santos y visionarios.
Desde
el principio empezaron a desprotegernos y a penetarnos,
a rompernos las raíces comunes y la común
conciencia de justicia, que empezaba por cómo un
hombre tiene que considerar a su prójimo. Se rompió
la unidad formal, nos hicimos repúblicas y fuimos
más colonia y tierra de extracción que lo
que habíamos sido jamás. Los que más
profundamente asumieron la responsabilidad de su tiempo
y determinaroin con sus hechos lo que habría de ser,
sabían que había que juntar de nuevo todo
aquel sompecabezas, todas aquellas tribus, porque cada una
por su cuenta lo que podía hacer era hundirse en
la pillería y abismarse en la miseria y la barbarie.
Fue peor : hasta llegamos a creernos que podíamos
vivir a costa del otro, castrándonos o amancebándonos.
Así el espectáculo que damos hoy: una multitud
cerrera y unas minorías suntuarias disfrazadas de
magnates para pasar por gentes en el convite donde no están
invitadas.
Ha llegado
el tiempo de los grandes pasos. No de las descripciones
oníricas sino de las construcciones concretas que,
con todos los defectos que tengan, son el intento por superar
una balcanización vergonzosa y cada vez más
desgraciada. Hay que ir a una autoridad supraestatal-nacional
capaz de un programa común sin contradicciones particulares,
a un reasentamiento de población con fornteras abiertas
que sitúen la masa trabajadora donde haya recursos
y ayuda para crecer y multiplicarse decentemente, a un derecho
común donde el todo proteja a la persona por su mera
condición humana y donde el individuo acepte su responsabilidad
para con todos, y hace falta construir la empresa nuestra
–el zócalo de producción suficiente, el mercado
interior satisfactorio y amplio, que provea al crecimiento,
y la variante de civilización integral que permita
la justa y libre expresión de la vida en su verdadera
dimensión humana: la civilización que nosotros
hagamos, no la que un grupo se compre para su minoridad
nunca superada.
Esto
es lo que significa la creación –construcción
institucional—de la Mancomunidad Iberoamericana, que comprende
sus necesarias sub-regiones diferenciadas por las condiciones
del propio desarrrollo: España-Portugal, el Caribe
(islas mayores y menores, penínsulas, istmo centroamericano
y costas continentale, con su pluralidad de etnias y lenguas),
los Andes, la Argirópolis (los pueblos junto a la
mano de ríos que desembocan por el Plata), y el Brasil.
El Caribe,
por la agonía de su situación actual, es la
subregión que reclama el trabajo más urgente
de integración, planificación y construcción,
en escala suficiente para un ámbito de desarrollo
superior a las unidades nacionales, que, dada la densidad
de su población, nivel de civilización y correlación
con el mundo, no disponen ni de recursos ni de estructura
adecuados para el asentamiento de una comunidad eficiente,
hoy desesperadamente inquieta. El Caribe lo que necesita
no es una “mano dura”, que es lo que se le ha impuesto,
sino un campo fértil y una estructura política,
económica y social justa, donde trabajar, crecer
y constituirese.
Sólo
con este proyecto de construcción de áreas
regionales en ámbitos de desarrollo suficiente se
puede ir a la formación de una verdadera estructura
de equilibrio mundial que por lo menos pueda soportar un
juicio con plena responsabilidad.
Ésa
es la dimensión de la palabra “patria” en la actualidad.
Y el acceso al concepto de “soberanía y nación”
por el que hemos de identificarnos.
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Jorge
Valls
4 de noviembre del 2007
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