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Perspectiva del nuevo siglo


Por: Jorge Valls


Si el siglo XX fue el de las grandes guerras mundiales y las revoluciones, del intento de concebir la sociedad perfecta segun el plan previamente trazado y de innovar todas las corrientes del entendimiento –arte, ciencia, politica, economia, etc.—con tal de instaurar en el tiempo la ilusion de un mundo según nuestras medidas y disenos, el final del mismo y comienzos del presen te presentan como una languidez (tal vez un cansancio) que paraliza tanto el esfuerzo imaginativo como la praxis imrpovisada y original. Se puede decir que la novedad no está ante el pensamiento. Una cierta conformidad nos permite adaptarnos a un fatalismo estructural donde todo parece ya definitivamente preconstruido.

Quien sabe lo mas interesante sea la sed por un pasado del que no tenemos memoria. Cierta vaga intuicion nos dice que existió. Algunos vestigios nos hablan de él sin ponernos ante su evidencia. El continente perdido, la ciudad sumergida, la civilizacion arrasada por el cataclismo, nos provocan como el abismo a quien se asoma a su borde. Pero la razón humana esta demasiado atada, como enredada en la inmensa marana de la construccion “científico-técnica” para concederle al espíritu la capacidad de vuelo, única que permitiría encontrar verdaderamente otro mundo, aunque fuera el mismo nuestro, visto desde otro ángulo.

La física pretendió absorber todos los campos, reducirlo todo a una formula mas o menos recomponible. De pronto el hombre se encontro sin más espejo que las máquinas o las bestias. Como tales pretendimos explicarnos desde todas las perspectivas. El resultado fue el extravío de nosotros mismos. Éramos una explicación en un libro de texto, un cuerpo móvil bajo el vidrio del laboratorio. Hasta pretendimos hacer psicología sin alma. Pero al final éramos unos pobres espíritus, condenados a una encarnación incomprensible, encadenados a con nuestras propios vínculos a la roca de la que no podiamos desprendernos.

Nunca gritamos tantas veces la palabra libertad, ni la escribimos en tantos documentos, pero realmente cada dia estábamos más presos, más sujetos a una incomprensible maquina que ya no podiamos ni siquiera sonar con manejar.

Todo se habia quedado apresado en el tiempo: el de ser joven, para hacer las cosas disenadas para los jovenes; el de ser viejo, para agonizar entre la idea de sobrevivir un poco mas y la evidencia del reloj agotado.

Se levantaron edificios gigantescos para demostrar cuán fuerte se era, pero los rascacielos estaban deshabitados. Nadie vivia en ellos. Sólo había papeles, burós. archivos, oficinas, recordatorios de transacciones que ya no interesaban a nadie. Ninguno se detendría jamás a leer lo que habíamos apuntado. Ninguno de nosotros tenía ya tiempo para repasar lo pensado. Vivir volvió a ser la agonía aliviable con pastillas o entretenimientos. Los grandes signos de la época –el cine, los deportes, la democracia—al final sólo dejaban cansancio... y una terrible falta de originalidad.

El arte quiso ser autóctono. Cambió los disenos, las combinaciones, alteró los sonidos y los tonos. El hombre era una princesa dormida en su sepulcro, a quien nadie podía despertar.

Fuimos a la guerra. Nos matamos por banderas, tierras, ideologias. Al final nos confesábamos que no creíamos en nada, que las palabras se despilfarraban sin que pudiéramos dotarlas de sentido. Y el silencio fue la ausencia de nosotros mismos, expulsados del mundo que habíamos construido.

Al final del siglo, “después de las guerras mundiales” como dijera Herman Hess, ni siquiera podíamos expresar una resignada conformidad. Todo era callar, volver la cabeza, hacer un levísimo gesto con los ojos y seguir sin rumbo por una ciudad que ya no nos pertenecia. La patria era un partido político, el amor una excitacion hormonal, la inteligencia un chisporroteo al servicio de la industria. Habíamos acabado con la mendicidad,... pero también con la caridad. Todo trenía una receta proporcionalmente aplicable. Para la locura –que es lo único que de cuando en cuando salva—habíamos inventado la planta electrica y los sicofármacos.

Pero el siglo de las grandes catástrofes –la bomba atómica, los campos de exterminio, las horrendas opresiones de la escalvitud moderna, la castración de todo espíritu—dio en sus soledades al hombre que ya no podía hablar: al preso, el exiliado, y al mas amargo de todos que, ya sin nombre que ponerse, dejo que lo llamaran de alguna forma “revolucionario”. Ya no revolucionaba nada. Ni iba acambiar el mundo, ni tomaría el poder jamás. Como aquellos personajes de Dostoyevski, vivía de lo que habia sonado o pretendido sonar. Conversador en una mesa de cafe, guardián de un historia de amor que a nadie había contado, emigrado de una tierra que sólo él habia habitado, entre tazas de cafe que otro generosamente pagara y albergue donde nunca habia pertenecido, contaba los dias y las noches parafraseando un poco al Peer Gynt de Ibsen: “Somos las canciones de amor que nunca cantaste, las historias que nunca dijiste...”

Ya no habia un mundo que cambiar,...ni una ciudad fantástica que construir,... ni siquiera una historia que relatar,.... ¿Habria quién sabe oreja que aún lo escuchara?

Sin embargo, el mundo no se había acabado. Como en el último acto del Don Juan, oía la campana distante. Sabia que en la próxima escena entraría el “Convidado de Piedra”.

Quiso preguntarse, pero ya no le quedaban fuerzas.

Por la calle, los muchachos corrían y gritaban, como siempre lo habian hecho. Vio a una mujer con un crío en los brazos. Recordó a un viejo amigo que ya no estaba sobre la tierra. Había llovido un poco. Miró los charcos de la acera y pensó cuán grato era pisar descalzo en ellos.
Echo a andar sin prisa. Él sólo sabia adónde ir.

.......................... Jorge Valls (10 mayo 2010)........


     
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