Perspectiva del nuevo siglo
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Si el siglo XX fue el de las grandes guerras mundiales y
las revoluciones, del intento de concebir la sociedad perfecta
segun el plan previamente trazado y de innovar todas las
corrientes del entendimiento –arte, ciencia, politica, economia,
etc.—con tal de instaurar en el tiempo la ilusion de un
mundo según nuestras medidas y disenos, el final
del mismo y comienzos del presen te presentan como una languidez
(tal vez un cansancio) que paraliza tanto el esfuerzo imaginativo
como la praxis imrpovisada y original. Se puede decir que
la novedad no está ante el pensamiento. Una cierta
conformidad nos permite adaptarnos a un fatalismo estructural
donde todo parece ya definitivamente preconstruido.
Quien sabe lo mas interesante sea la sed por un pasado del
que no tenemos memoria. Cierta vaga intuicion nos dice que
existió. Algunos vestigios nos hablan de él
sin ponernos ante su evidencia. El continente perdido, la
ciudad sumergida, la civilizacion arrasada por el cataclismo,
nos provocan como el abismo a quien se asoma a su borde.
Pero la razón humana esta demasiado atada, como enredada
en la inmensa marana de la construccion “científico-técnica”
para concederle al espíritu la capacidad de vuelo,
única que permitiría encontrar verdaderamente
otro mundo, aunque fuera el mismo nuestro, visto desde otro
ángulo.
La física pretendió absorber todos los campos,
reducirlo todo a una formula mas o menos recomponible. De
pronto el hombre se encontro sin más espejo que las
máquinas o las bestias. Como tales pretendimos explicarnos
desde todas las perspectivas. El resultado fue el extravío
de nosotros mismos. Éramos una explicación
en un libro de texto, un cuerpo móvil bajo el vidrio
del laboratorio. Hasta pretendimos hacer psicología
sin alma. Pero al final éramos unos pobres espíritus,
condenados a una encarnación incomprensible, encadenados
a con nuestras propios vínculos a la roca de la que
no podiamos desprendernos.
Nunca gritamos tantas veces la palabra libertad, ni la escribimos
en tantos documentos, pero realmente cada dia estábamos
más presos, más sujetos a una incomprensible
maquina que ya no podiamos ni siquiera sonar con manejar.
Todo se habia quedado apresado en el tiempo: el de ser joven,
para hacer las cosas disenadas para los jovenes; el de ser
viejo, para agonizar entre la idea de sobrevivir un poco
mas y la evidencia del reloj agotado.
Se levantaron edificios gigantescos para demostrar cuán
fuerte se era, pero los rascacielos estaban deshabitados.
Nadie vivia en ellos. Sólo había papeles,
burós. archivos, oficinas, recordatorios de transacciones
que ya no interesaban a nadie. Ninguno se detendría
jamás a leer lo que habíamos apuntado. Ninguno
de nosotros tenía ya tiempo para repasar lo pensado.
Vivir volvió a ser la agonía aliviable con
pastillas o entretenimientos. Los grandes signos de la época
–el cine, los deportes, la democracia—al final sólo
dejaban cansancio... y una terrible falta de originalidad.
El arte quiso ser autóctono. Cambió los disenos,
las combinaciones, alteró los sonidos y los tonos.
El hombre era una princesa dormida en su sepulcro, a quien
nadie podía despertar.
Fuimos a la guerra. Nos matamos por banderas, tierras, ideologias.
Al final nos confesábamos que no creíamos
en nada, que las palabras se despilfarraban sin que pudiéramos
dotarlas de sentido. Y el silencio fue la ausencia de nosotros
mismos, expulsados del mundo que habíamos construido.
Al final del siglo, “después de las guerras mundiales”
como dijera Herman Hess, ni siquiera podíamos expresar
una resignada conformidad. Todo era callar, volver la cabeza,
hacer un levísimo gesto con los ojos y seguir sin
rumbo por una ciudad que ya no nos pertenecia. La patria
era un partido político, el amor una excitacion hormonal,
la inteligencia un chisporroteo al servicio de la industria.
Habíamos acabado con la mendicidad,... pero también
con la caridad. Todo trenía una receta proporcionalmente
aplicable. Para la locura –que es lo único que de
cuando en cuando salva—habíamos inventado la planta
electrica y los sicofármacos.
Pero el siglo de las grandes catástrofes –la bomba
atómica, los campos de exterminio, las horrendas
opresiones de la escalvitud moderna, la castración
de todo espíritu—dio en sus soledades al hombre que
ya no podía hablar: al preso, el exiliado, y al mas
amargo de todos que, ya sin nombre que ponerse, dejo que
lo llamaran de alguna forma “revolucionario”. Ya no revolucionaba
nada. Ni iba acambiar el mundo, ni tomaría el poder
jamás. Como aquellos personajes de Dostoyevski, vivía
de lo que habia sonado o pretendido sonar. Conversador en
una mesa de cafe, guardián de un historia de amor
que a nadie había contado, emigrado de una tierra
que sólo él habia habitado, entre tazas de
cafe que otro generosamente pagara y albergue donde nunca
habia pertenecido, contaba los dias y las noches parafraseando
un poco al Peer Gynt de Ibsen: “Somos las canciones de amor
que nunca cantaste, las historias que nunca dijiste...”
Ya no habia un mundo que cambiar,...ni una ciudad fantástica
que construir,... ni siquiera una historia que relatar,....
¿Habria quién sabe oreja que aún lo
escuchara?
Sin embargo, el mundo no se había acabado. Como en
el último acto del Don Juan, oía la campana
distante. Sabia que en la próxima escena entraría
el “Convidado de Piedra”.
Quiso preguntarse, pero ya no le quedaban fuerzas.
Por la calle, los muchachos corrían y gritaban, como
siempre lo habian hecho. Vio a una mujer con un crío
en los brazos. Recordó a un viejo amigo que ya no
estaba sobre la tierra. Había llovido un poco. Miró
los charcos de la acera y pensó cuán grato
era pisar descalzo en ellos.
Echo a andar sin prisa. Él sólo sabia adónde
ir.
.......................... Jorge Valls (10 mayo 2010)........
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