Pentecostés:
¿tener o no tener fe?
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| Por:
Félix Sautié Mederos |
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La festividad
de Pentecostés que acabamos de celebrar, para algunos
es algo extraño e incluso hay quienes la reniegan
o ni siquiera tienen noticias sobre su acontecimiento. Pentecostés,
con su origen en el Israel bíblico, posee un especial
valor de esperanza para los cristianos en todos los órdenes
de la vida, del cual pretendo hablarles hoy, teniendo muy
en cuenta que los periodistas que somos cristianos siempre
que nos sea propicio, deberíamos dar testimonio de
nuestra fe como parte del ejercicio de nuestra profesión.
Tener fe es un elemento consustancial para crear esperanzas,
principalmente en un mundo tan desesperanzado como el que
estamos viviendo, del cual Cuba no es ninguna excepción.
En lo personal, considero que la sinceridad y la honradez
de pensamiento son factores esenciales para el que pretenda
hacer las funciones de cronista de su tiempo. Lo que escribamos
es conocido por los que nos lean en el presente en que estamos
insertados, pero también queda para el futuro y,
en esa dimensión de tiempo que siempre es mayor en
extensión que el presente, será cuando en
verdad nos juzgarán la historia y quienes entonces
accedan a lo que hoy testimoniamos.
Ser una persona de fe constituye algo que va más
allá de una concepción o militancia religiosa
sectaria. Sin la ejercitación de este concepto amplio
de fe en la vida y en la condición humana que nos
anima, es muy difícil que promovamos la esperanza.
Por eso, los que groseramente se esfuerzan por descalificar
a las personas de fe, ya sea por motivo de sus concepciones
religiosas o por su propósito de generar esperanzas,
se convierten en seres contradictorios y dañinos
de cuya influencia deberíamos apartarnos.
Pentecostés es, para los cristianos, una espera esperanzadora,
un advenimiento del espíritu de Dios que esclarece
nuestras conciencias. Una realimentación espiritual
que nos fortalece en el amor por la vida, principalmente,
por la edificación de un mundo mejor. Pentecostés
desde el punto de vista místico, que para algunos
constituye un factor esencial, lo cual comparto plenamente,
es la esencia de la promesa que Jesús de Nazaret
nos legó durante su paso por la tierra: de amor,
paz, justicia y equidad. Deviene la esencia de Dios como
representación suprema del bien, que vendrá
con la iluminación de la luz perpetua que todos necesitamos
para fortalecer la responsabilidad en nuestra libertad.
Tener o no fe es un dilema de siempre y nunca, ninguna concepción
debería imponerse por la fuerza sobre la conciencia
de los demás, violentando sus derechos inalienables
que nos son dados a todos en virtud de nuestra condición
humana. Esto es algo muy actual para quienes pretendan ubicarse
a la vanguardia de la lucha por el amor, la equidad y la
justicia. Lo que se trata de alcanzar o de mantener por
la fuerza, siempre habrá de durar tanto como dure
la fuerza que lo impone. La dialéctica existencial
determina que cualquier fuerza, por muy poderosa que pudiera
ser, nunca podría mantenerse en una constante de
vigencia.
La Fe es algo tan fundamental para los seres humanos, que
anida en nuestras conciencias y que se alimenta de la libertad
y las convicciones. Esta es la razón que hace del
amor que todo lo espera, algo que en definitiva todo lo
puede o todo lo podrá y se convierte en un factor
que anima nuestras esperanzas en el futuro.
Tener fe, esperanza y amor son valores esenciales, que los
cristianos renovamos en Pentecostés y que estamos
obligados a proclamar y poner en ejercicio por encima de
cualquier circunstancia, coyuntura o fuerza adversa que
se nos pudiera imponer.
http://www.poresto.net/ver_nota.php?zona=yucatan&idSeccion=22&idTitulo=21439
Publicado en Por Esto! , el lunes 24 de mayo del 2010
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