Mientras
haya vida y lucha, habrá esperanzas
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| Por:
Félix Sautié Mederos |
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Todavía resuenan los ecos de la Cumbre
de la Tierra en Bolivia y, coincidiendo con la entrega oficial
por parte de Evo Morales de un documento sobre sus resultados
a la ONU, vuelvo al tema porque reiterarlo desde los diversos
ángulos que plantea es un deber al que no deberíamos
renunciar. Hay mucho en juego en todo esto y no debemos
conformarnos en espera de que sean otros los que actúen,
porque les corresponde verdaderamente. Es necesario movernos
y no dejarlos vivir con su conciencia en paz, mientras que
no movilicen sus voluntades para salvar a la naturaleza,
por muy costoso que pudiera resultar.
Más costoso aún sería perderlo todo,
incluyendo las bóvedas de los bancos en las que se
atesoran las riquezas que, sin invertirlas en favor de la
vida, no podrían ponerle valladar a la hecatombe
anunciada como inevitable. Estoy de acuerdo con que nunca
nada humano es perfecto y todo puede ser objeto de críticas
a favor y en contra, así como de lucha por su perfeccionamiento.
La Cumbre de la Tierra fue un esfuerzo loable que hay que
multiplicar y llevar sus ideas básicas a todas las
latitudes del planeta, haciendo conciencia para actuar en
todo lo que podamos y exigir que la convocatoria de México
a finales del año 2010, no termine tan frustrada
como la de Copenhague.
No obstante, hay una verdad casi absoluta porque son pocas
las verdades totalmente absolutas: siempre es mejor hacer
lo que se pueda, hacer lo máximo posible, aunque
resulte poco de acuerdo con la magnitud del problema a que
nos enfrentamos. Ahora es necesario lo poco y lo mucho,
incluyendo la idea de que millones y millones de pequeñas
acciones factibles y al alcance de todos, podrían
crear un clima intolerable para quienes pudiendo hacer no
hacen.
En este caso resultan inconmensurables las magnitudes del
asunto a que estamos expuestos, tanto los que están
a favor de actuar en pos de su solución, como los
que se resisten, lo niegan, opinan que sus consecuencias
ya serán inevitables y apocalípticas o no
entienden nada de lo que ya está sucediendo a escala
planetaria, en un medio ambiente atacado, violado y resentido
durante mucho tiempo por quienes somos verdaderamente los
mayordomos de la naturaleza y de la vida. Los seres humanos
venimos al mundo con la obligación de administrarlo,
disfrutarlo y legarlo en movimiento hacia el futuro.
Yo soy de los que se resisten a esperar lo inevitable sin
luchar con esperanza, quedándome tranquilo en mi
rincón de Centro Habana, a sólo unas pocas
cuadras del Malecón habanero que se abre al Golfo
de México. Soy un convencido de que mientras haya
vida y lucha habrá esperanzas, a pesar de mis pobres
posibilidades personales. Sin actuar contra lo peor, no
deberíamos permitir nunca el desenlace de lo que
podría sobrevenir. Eso sería un suicidio y
no creo que una humanidad completa pueda estar dispuesta
a suicidarse sin ofrecer resistencia.
Tan sólo cruzarse de brazos pudiera convertirse en
un absurdo contradictorio con las ansias de vivir y el espíritu
de conservación con que venimos al mundo. Sé
que hay quienes prefieren no enterarse y se enquistan en
sus relativas tranquilidades, pero las nubes de cenizas
de los volcanes en erupción, los derrames de petróleo
como el último que sucedió en el Golfo de
México frente a las costas de Estados Unidos, las
alternancias de sequías e inundaciones, los terremotos
que se multiplican, las inusitadas tormentas, las nieves
derretidas y los cambios del ambiente, ya no son posibles
de ocultar, aguijonean en nuestras mentes y conciencias.
Entonces, ¿a qué esperamos?
fsautie@yahoo.com
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