México,
Estados Unidos y la inmigración
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25 de Mayo del 2010
El Senador por Arizona, John McCain, respondió airado
a las críticas que hizo el Presidente de México,
Felipe Calderón, a una Ley del estado de Arizona
que permite a la fuerza pública solicitar la documentación
de las personas que consideren sospechosos de ser indocumentados,
con el propósito de verificar su status migratorio.
Es de todos sabido que esta Ley lleva implícita una
alta dosis étnica y racial.
Dijo McCain que “es desafortunado y decepcionante que el
Presidente de Mexico haya criticado al estado de Arizona,
opinando sobre “un tema de política interna estadounidense,
durante un viaje que buscaba reafirmar la relación
única entre nuestros dos países”. El Senador
McCain continó diciendo: “nunca había oído
que el Presidente de otro país viniera y criticara
de esa forma a Estados Unidos”. Habría que preguntarle
al Senador, si conoce de las reiteradas injerencias del
suyo, en los asuntos internos de otras naciones. La facción
más radical de Estados Unidos no acepta críticas
provenientes de terceros. Inclusive, muchos que no son tan
radicales militantes de la derecha tradicional, tampoco
las aceptan.
Con el transcurso de los años, desde la injusta declaración
de guerra a España a fines del Siglo XIX, fecha en
que Estados Unidos decidió participar como actor
principal en la arena internacional, han pretendido convertir
los criterios socio - políticos del “establishment”
en verdades absolutas. De hecho las relaciones diplomáticas
se instrumentan de manera que los estilos de vida y ciertas
maneras de producir y dirigir las industrias y las finanzas,
se conviertan en modos universales del quehacer y de obligatorio
cumplimiento para el sostenimiento de relaciones fluidas.
Esta actitud tiene el beneficio de facilitar el control
de las riquezas ajenas, porque su implementación
requiere de una dirección que sólo pueden
ejercer, los tecnócratas que inventaron los mecanismos
estructurales que sirven a los grandes capitales y poderes
políticos de Washington.
Partiendo de esas premisas, el poder estadounidense ha creado
barreras aislantes, que no permite opiniones foráneas
referentes a sus políticas internas, al tiempo que
sus ideas y formas de gobernar son exigidas al mundo exterior.
De aquí la molestia causada por el discurso del Presidente
Calderón. México es un país fronterizo
con grandes territorios, cuyo control es un imperativo para
los intereses económicos de Estados Unidos y como
escudo militar de la frontera sur.
Para entender la incongruencia de esa actitud, debemos señalar
que lo solicitado por el Presidente Calderón, es
una necesidad que responde a los requerimientos de ambos
países.
Al margen de la ilegalidad de la presidencia de Calderón,
partiendo del supuesto de que existieron irregularidades
en las elecciones que lo llevaron al poder, su reciente
pedido a los legisladores en Washington para que prohíban
la venta de armas de alto poder a la población, como
si se tratara de indefensos juguetes, es un requerimiento
de ambos países. Esto permitiría controlar
mejor la frontera y el poder de una mafia que ya se ha introducido
parcialmente en territorio estadounidense.
La inmigración es un problema que afecta a ambos
por igual. Ninguna legislación por parte de uno de
los dos, aislada del contexto general que los identifica
en la problemática, tendría sentido y tanto
el uno como el otro, necesitan tener voz en esa discusión.
No comprender la crítica del Presidente de México
a una ley particular, aprobada unilateralmente por uno de
los cincuenta estados que componen la nación estadounidense,
manifiesta un desconocimiento de la realidad. Su discurso
pretendió ser una señal de alerta, sobre un
tópico que no puede tomarse a la ligera y mucho menos
ser manipulado en calidad privada, por los intereses de
una de las cincuentavas partes que componen Estados Unidos.
Manifestar disgusto por semejantes críticas, sólo
muestra una marginalización del tema que, en ocasiones,
puede resultar peligrosa. Este es el caso de la respuesta
de John McCain y otros miembros poderosos del poder, porque
viene precisamente de personas con influencias, con un peso
decisorio en cuestiones de política general, lo cual
incluye las exteriores.
La finalidad de este artículo es no sólo destacar
que la inmigración entre México y Estados
Unidos es un caso que sólo puede ser enfrentado de
común acuerdo y considerando los intereses que desde
ambos lados dan lugar al fenómeno, sino también
destacar, el espíritu de injerencia que aún
prevalece en las principales filas del poder de Estados
Unidos.
Esperemos, por el momento, que se fundamenten los debates
legislativos sobre éste álgido asunto. Entre
otras cosas, confiemos que el Presidente, que dejó
de ser persona independiente cuando alcanzó esa alta
magistratura, no se vea envuelto en el laberinto que, como
consecuencia de acciones partidistas, le impidió
inaugurar un seguro universal de salud que pide a gritos
el quebrado sistema nacional médico del país.
Gobernar con un Congreso compuesto por una sola persona
es fácil, excepto por el cúmulo de errores
al que quedamos expuestos, pero hacerlo con 435 distritos
y cien senadores, es harina de otro costal. De todos modos,
si la ceguera personal no se impone en cada uno de esos
legisladores y el interés nacional prima por encima
de sus flacos intereses personales, se podrán establecer
leyes racionales que reglamenten el fluir humano entre ambas
fronteras. Para alcanzar ese objetivo será importante
recordar que el fenómeno en cuestión, fue
incubado y estimulado, precisamente por la avaricia de los
productores del Norte y las miserias surgidas, de economías
que nunca pudieron crecer y desarrollarse por sí
mismas, por su sujeción a intereses foráneos.
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