Cuba: Cambiar la democracia representativa de tipo
burgués
por la socialista participativa
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No parecen posibles los cambios necesarios hacia más
socialismo, si no se modifican también las regulaciones
que limitan la participación directa y decisoria
del pueblo en el actual sistema político.
Pedro Campos | Para Kaos en la Red | 11-5-2010 a las 23:36
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www.kaosenlared.net/noticia/cuba-cambiar-democracia-representativa-tipo-burgues-socialista-partici
“Cuba es un Estado socialista de trabajadores,
independiente y soberano, organizado con todos y para el
bien de todos, como República unitaria y democrática,
para el disfrute de la libertad política, la justicia
social, el bienestar individual y colectivo y la solidaridad
humana.”
(Artículo 1ro de la Constitución)
Las Propuestas Programáticas para un Socialismo Participativo
y Democrático, señalan:
“Realizar algunos cambios en la estructura del Estado: La
República democrática revolucionaria directa
de los trabajadores, es el tipo de estado transitorio que
más parece corresponder a los anhelos actuales del
pueblo cubano y que puede viabilizar la realización
del Socialismo Participativo y Democrático. Por el
apoyo popular y la solidez democrática de sus estructuras
sería el estado más fuerte posible. Su esqueleto
sería el del Poder Popular, pero pleno de contenido
participativo y democrático.
Todo el poder decisorio y legislativo fundamental –constituyente-
recaería totalmente en el pueblo para los aspectos
nacionales y municipales más importantes que afecten
a todos, los que deberán ser sometidos a referendo.”
Aunque estos lineamientos dejan bien establecidos los principios
generales que sugerimos en relación con el tipo de
democracia que demanda el socialismo, el tema precisa de
mayor elaboración y como han pasado casi dos años
desde la presentación de las Propuestas Programáticas,
sin que se haya realizado ningún cambio en el sistema
electoral, va siendo necesario hacer algunas puntualizaciones
al respecto, siendo el momento oportuno por las recién
celebradas elecciones para delegados municipales, más
que todo de carácter simbólico puesto que
los elegidos carecen de todo poder real.
Una de las cosas que debe cambiar, antes de las próximas
elecciones, es el carácter indirecto y representativo
de tipo burgués de nuestra actual democracia, muy
distante de la que necesitamos y correspondería al
Socialismo, donde el poder debe ser ejercido por medio de
la participación directa, sin intermediarios, por
los trabajadores y el pueblo, de manera que pueda hacerse
realidad la República democrática revolucionaria
de los trabajadores.
Y la razón principal es muy simple, no parecen posibles
los cambios socio-económicos de fondo que necesita
la sociedad cubana para avanzar hacia el verdadero socialismo,
si no se realizan también modificaciones en la ley
electoral y en algunos artículos de la Constitución
que limitan severamente la participación directa
y decisoria del pueblo y los trabajadores en el actual sistema
político cubano, que lo hacen burocrático
y verticalista y le permiten mantener centralizadas las
decisiones de todo tipo que imposibilitan a los trabajadores
y al pueblo ejercer el papel protagónico que les
corresponde en la política y la economía del
socialismo.
Mal que nos caiga aceptarlo, nuestro sistema político
actual, con todos sus avances democráticos, no rebasa
los marcos de la democracia burguesa, por su forma similar
de representatividad; por su contenido, ya sabemos que los
trabajadores nada deciden en Cuba y por eso estamos como
estamos.
Hemos de reconocer que hasta ahora el sistema se ha basado
en la confianza casi absoluta del pueblo en la dirección
que es la que siempre ha tomado todas las decisiones importantes.
Pero la situación ha cambiado. El Jefe de la revolución
ya no está en plenitud de facultades físicas,
50 años de mismo gobierno y mismas políticas
no han dado los resultados esperados, el pueblo no es el
mismo que hace medio siglo, el mundo ha cambiado y el “socialismo”
que aquí se sigue intentando ha fracasado en todas
partes. El progreso de la socialización/democratización,
así estancado, tiene a la Revolución en peligro
de reversión.
La dirección que lleva más de medio siglo
en el poder, no parece asimilar los criterios que las bases
del partido y la sociedad vienen exponiendo desde la caída
del “campo socialista”, hace ya dos décadas, los
cuales se incrementaron y profundizaron en los años
posteriores, especialmente desde que Fidel en el 2005 advirtió
la posibilidad de que los propios revolucionarios destruyeran
la Revolución.
Ya nos acercamos a cumplir 5 años de aquella declaración
y, en realidad, los cambios y movimientos realizados en
el gobierno nada en esencia han afectado la concepción
centro-estatista de la economía y la política,
ni siquiera el gobierno ha presentado ante el pueblo un
plan integral para superar la situación, a pesar
de los millones de intervenciones y planteamientos que se
han hecho en los debates oficiales, en las instituciones
académicas del país, en los medios digitales
y hasta –limitadamente- en la propia prensa del Partido
y de las propuestas de politólogos, filósofos,
economistas y científicos sociales en general, socialistas
del patio y de todo el mundo político de la izquierda
internacional.
El gobierno de Raúl Castro atribulado por la multiplicidad
de problemas acumulados, sin soluciones al alcance de los
mismos binoculares, confía en resolverlos con más
disciplina y cambios de funcionarios, cuando la solución
está en cambiar el obsoleto sistema de concepciones
predominantes sobre el socialismo.
Al parecer, entre esos valiosos y apreciados compañeros,
sinceramente interesados en preservar la revolución
y hacerla avanzar, predominan –indistintamente- el temor
al cambio, los viejos esquemas neoestalinista, los compromisos
contraídos, la confusión entre Revolución
y dirigentes y entre lealtades a los principios y a las
personas y otros prejuicios que impiden hacer las transformaciones
necesarias hacia la socialización y democratización
del poder económico y político, única
manera de prolongar todo lo bueno de la obra que ellos encabezaron.
Se aprecia muy concretamente en relación con la entrega
de las empresas agrícolas, industriales o de servicios
al autogobierno de los trabajadores que conllevaría
a la eliminación de la casi totalidad de la burocracia
que hoy disfruta prebendas extra-salariales.
No hace falta hacer votos de fidelidad al proceso revolucionario.
A estas alturas del “juego”, con los graves problemas de
corrupción y burocratismo, con la profundidad alcanzada
por la crisis sistémica y la falta de diálogo
en el seno del campo revolucionario, está muy claro
que la revolución hoy, ahora, no se sirve con lisonjas,
triunfalismos ni guataquerías, sino con propuestas
concretas de soluciones. Parafraseando a Martí, sustituyo
la palabra libertad por revolución: “Solo sirve dignamente
a la revolución el que, a riesgo de ser tomado por
enemigo, la preserva sin temblar de los que la comprometen
con sus errores”.
Desde que el historiador y crítico francés
Hippolyte Taine (1828-1893) abordó el tema de la
centralización del poder (Luis XIV , “L'État,
c'est moi” –El estado soy yo) como la extrema causa responsable
de la inestabilidad política en Francia, que venía
tratándose desde Montesquieu con el equilibrio de
poderes -El espíritu de las leyes, 1748-, muchos
burgueses modernos aprendieron la lección y cuando
se hicieron con todo el poder a costa de la nobleza feudal,
buscaron siempre alguna ponderación a la que contribuyó
la socialdemocracia, especialmente en el Siglo XX.
Desgraciadamente, la subestimación y el desprecio
de los valores de la cultura política anterior por
el estalinismo predominante en el movimiento socialista
en el Siglo XX, que tanta influencia ha tenido en nuestro
proceso revolucionario, llevaron a muchos estadistas del
“socialismo real” a desestimar aquellos aspectos de la política
concreta; y los revolucionarios cubanos no somos la excepción.
Se nos pide confiar, dada nuestra “ignorancia”, y esperar,
como durante décadas a que decidan los que sí
saben y han conseguido traernos al estancamiento en que
estamos. Pero ya no es posible ocultar todas las taras del
“socialismo del siglo XXl” que aquí se sigue cultivando.
No queremos desembocar en el capitalismo salvaje a donde
fueron a parar los países del “viejo socialismo”.
Vivimos un cambio de época, de concepciones, de generaciones,
de tecnologías, de comunicaciones, de armamentos,
de intereses, donde la partidocracia, el sectarismo y el
hegemonismo están en crisis ante el crecimiento y
el empuje de la diversidad de organizaciones de la sociedad
civil para el autogobierno del pueblo, más cultas
y libres, cada vez más conscientes, capaces de auto
gestionarse y la sociedad cubana no es la excepción,
gracias precisamente a la revolución cultural que
hemos vivido.
Continuar con los actuales procedimientos electorales súper
controlados desde arriba, en verdad solo serviría
para tratar de eternizar en el poder a un grupo determinado
de figuras, cuyos valores como personas no cuestionamos;
pero que defienden el sistema burocrático estatista
que ya demostró su fracaso aquí y en todas
partes y que viola en todos los sentidos el espíritu
democrático, popular, socialista y martiano de nuestra
constitución.
Socialismo quiere la mayoría del pueblo. Continuar
con el capitalismo monopolista de estado que en verdad encubre
el “socialismo de estado”, no. Tampoco regresar al período
previo al 59. Y socialismo es socialización de la
apropiación de la propiedad y del excedente y democratización
plena de la vida política, nada tan lejos como la
concentración del poder económico y político
en un aparato burocrático que todo lo decide.
El inmovilismo maniqueo, al igual que el imperialismo y
sus acólitos solo reconoce dos opciones: el “socialismo
de estado” fracasado, o la vuelta al pasado semicolonial
dependiente de EE.UU. disfrazada de transición democrática
hacia la restauración capitalista. Pero hay que darle
la oportunidad al pueblo de manifestarse sobre el socialismo
de verdad, el auténtico, la única forma de
alcanzar la utopía martiana: “con todos y para el
bien de todos”.
En la propaganda oficial para estas pasadas elecciones a
delegados de base del Poder Popular, algunos funcionarios
del gobierno y periodistas calificaron el sistema electoral
cubano como participativo. Si lo de participativo se refiere
solo al hecho de asistir a las urnas, entonces no hay dudas
de que lo sea.
Pero lo que da carácter participativo a un sistema
democrático, no es que la gente vaya masivamente
a las urnas, sino que participe activamente de las decisiones
de todo tipo que afectan sus vidas; y todos sabemos que
en Cuba los ciudadanos ni eligen directamente a los gobernantes
del país, la provincia o el municipio, ni deciden
nada directamente en política ni economía;
ninguna ley, -salvo la Constitución de 1976 y su
modificación del 2002-, ha sido sometida a referendo
popular.
El nivel de circunscripción, que debería ser
el más importante, es solo un componente mínimo
del conjunto del sistema político de gobierno, y
de acuerdo con las leyes actuales, estas pasadas elecciones
solo elegían a un “delegado” –sin poder de decisión
alguno- a la Asamblea Municipal cuya dirección solo
puede “gestionar”, ante los Ministerios con poder, la solución
de los problemas de los ciudadanos del Municipio y administran
un pequeño presupuesto ya predeterminado desde arriba.
Todos saben que los presupuestos nacionales, provinciales
y municipales se aprueban en la Asamblea Nacional a propuesta
de los ministerios y que no existe ninguna relación
entre los impuestos que se cobran en cada municipio y los
presupuestos que se les asignan.
Igual se sabe, que esos delegados de circunscripción
que acabamos de elegir no poseen poder alguno para decidir
algo en este sistema autoritario, donde todo el poder decisorio
reside en el aparato estatal centralizado que concentra
toda la renta nacional y decide la política de inversiones
en cada empresa, en cada municipio, mientras que son los
Ministerios los que poseen los recursos, cuyos Jefes designados,
que nadie elige, nombran a sus delegados provinciales y
municipales y a los Directores de las empresas y los Directores
de las empresas a sus colaboradores más allegados
y Jefes de brigada y de turno y así es todo verticalmente
para abajo, en un sistema clientelar buro-partidocrático
que se presta a la corrupción por ausencia de control
de las bases y sin rotación ni tiempos límites
en los cargos.
Los delegados recién electos son simples transmisores
de quejas y sugerencias para arriba y de decisiones para
abajo. Se vota por ellos solo a partir de una biografía
y una foto que se pone en un lugar público, sin ningún
intercambio previo entre los propuestos y los ciudadanos
que les permitan a estos aquilatar la capacidad y calidad
política del futuro delegado, factor que, unido a
la falta de poder del delegado, convierte las elecciones
a este nivel en un trámite de valor simbólico
más que nada, al que se asiste por muchas razones,
entre ellas, para “demostrar apoyo al proceso revolucionario”,
que lo hay, porque la gente quiere más revolución,
más socialismo y no desea retorno al pasado oprobioso.
Pero sería desacertado interpretar el voto masivo
en estas elecciones de base, como apoyo al inmovilismo.
No. Se trata del apoyo a la continuidad para el cambio positivo
que prometió Raúl en algunas de sus intervenciones.
La asistencia fue masiva a las urnas porque todavía
la gente tiene esperanzas en que saldremos del estancamiento,
avanzaremos hacia el socialismo y porque no quiere dar una
señal que el enemigo pueda mal interpretar. Muchos
fuimos a votar por eso, a sabiendas de que votábamos
por un delegado que nada puede hacer por su gente del barrio.
También es sabido que este sistema no es directo,
sino representativo, al igual que todos los sistemas políticos
burgueses, pues son los “representantes” elegidos los que
integran las Asambleas municipales, provinciales y de la
nación y éstos eligen a los que en verdad
toman las decisiones. Así, las decisiones son tomadas
por los “representantes”, no directamente por los colectivos
laborales y sociales, no por el pueblo. Son, por tanto,
elecciones indirectas de un sistema representativo.
Haciendo más indirecto el sistema, las propuestas
de candidatos para delegado provincial o diputado nacional
y para cargos de dirección en cualquier nivel, pasa
por comisiones de candidaturas previamente designadas todas
desde arriba, de manera que está garantizado el control
superior de antemano sobre las nominaciones, sin participación
alguna directa del pueblo, quien debe votar por candidatos
que él no propuso, generalmente no conoce o conoce
de referencia, muchas veces sin residir en su municipio,
sin jamás haber tenido intercambio alguno con el
propuesto y desde luego sin saber qué piensa o que
planes tiene para resolver sus problemas.
En Cuba, todo el mundo lo sabe, que los decretos-leyes dictados
por el Consejo de Estado son refrendados por la Asamblea
Nacional del Poder Popular en sus reuniones dos veces al
año, unos pocos días, luego de estar siendo
implementados y aplicados por meses. Es el Consejo de Estado
el que aprueba todos los nombramientos importantes en el
gobierno, casi siempre a propuesta del Presidente, elegido
por ese mismo Consejo, o del Buró Político
del PCC que siempre han encabezado los mismos compañeros
que han dirigido el país desde 1959.
Para que una democracia sea participativa, los electores,
los ciudadanos deben participar activamente no solo en la
votación de sus representantes, sino en su propuesta
como candidatos así como en las decisiones que los
afectan, votar las leyes. Pero realmente, en Cuba ningún
elector de base propone a nadie salvo al delegado de circunscripción
–que poder no tiene-, ni vota por ninguna de las leyes que
afectan sus vidas. Todas esas decisiones son tomadas bien
arriba, como ya se ha explicado.
A lo más que se ha llegado en algunas leyes es a
discutirlas en las bases, sin intercambio horizontal ni
en la prensa y sin garantías de que las propuestas
de abajo sean tenidas en cuenta allá arriba, como
ocurrió con la Ley de Seguridad Social que se aprobó
por la Asamblea Nacional, incluyendo la extensión
de la edad de jubilación a 65 y 60 años para
hombres y mujeres respectivamente, contra la opinión
de muchos especialistas y de gran parte del pueblo.
De esta forma, la soberanía, que según la
Constitución (artículo 3ro) reside en el pueblo,
en la práctica la ejerce un pequeño grupo
en virtud del artículo 5to, que contradice el 3ro,
al reconocer al centralizado PCC como la fuerza dirigente
superior del estado por encima del pueblo mismo, con lo
cual se pretende justificar todo el papel preponderante
que ejercen los cuadros dirigentes del Partido a todos los
niveles.
La dirección política, por muy respetada y
querida que sea –lo es mayoritariamente-, en virtud de todos
esos mecanismos dirigistas garantiza de antemano su auto
reciclaje en el poder.
Un sistema político así, está muy lejos
de ser participativo y democrático como demanda el
socialismo. La propaganda que trata de pasarlo por tal,
sin reconocer sus limitaciones, solo contribuye a mantener
inmóvil lo que todo el mundo sabe que debe y necesita
ser cambiado y ha sido demandado por mucha gente en las
bases.
El prestigio de la dirección que hasta ahora ha encabezado
la Revolución, sería mejor preservado si en
vida de ella se realizaran las transformaciones que garanticen
el avance del socialismo en Cuba ya sin su presencia, algo
que ella misma no ha logrado realizar en medio siglo.
Se hace pues impostergable, democratizar plenamente nuestro
sistema político y de elecciones, de manera que todos
los ciudadanos participen activamente en las propuestas
para cargos electivos a todos los niveles y que todos los
cargos, desde el Presidente de la República hasta
los Presidentes municipales del Poder Popular sean electos
por el voto directo y secreto, que intercambien con los
electores antes de ser electos, se conozcan sus ideas y
propuestas y, desde luego, antes que cambiar, acentuar el
carácter no partidista actual de las elecciones,
el cual debe ser más explícito, pues todos
sabemos que deja de serlo mientras más se eleva el
nivel del procedimiento.
Ningún partido político, tampoco el PCC, debe
actuar sobre el sistema. Debería ser solo el pueblo
el que decida todo, directa y democráticamente, aunque
exista –debe existir pues no hay- libertad de prensa, reunión
y asociación, la cual no podría ser usada
para llevar a ningún partido en particular al gobierno,
pues la historia mundial ha demostrado que los partidos
en el poder, de cualquier color, privilegian sectariamente
los intereses de las fuerzas y figuras que representan,
aún cuando traten de encubrirlos en populistas enunciados
políticos y económicos.
Igual, ya se hace insostenible la ausencia de participación
popular en la toma de decisiones y en las discusiones previas.
Y para evitar el clientelismo, el nepotismo, el oportunismo,
la corrupción, el autoritarismo, el burocratismo
y todos esos males consustanciales a los sistemas hegemónicos,
habrá que establecer la rotación en los cargos,
los tiempos límites, la revocación inmediata,
la ausencia de prebenda y eliminar la meritocracia.
No es creíblemente socialista, continuar con un sistema
“democrático” donde el pueblo no es el sujeto principal
que toma las decisiones que afectan su vida. Y esto ha de
empezar por el centro de producción o servicios y
continuar con todas las leyes importantes, que deben discutirse,
recibir las enmiendas que el pueblo proponga, darlas a conocer
horizontalmente para que todos las discutan y luego someterlas
a votación en referéndum, especialmente los
presupuestos participativos a todos los niveles, que determinan
cómo se distribuye el excedente que recauda el estado.
Estos cambios son necesarios en Cuba, para el futuro de
nuestro socialismo y para el fortalecimiento de las corrientes
socialistas de América toda, cuyos pueblos, se ha
demostrado, no comparten el paradigma que se quiso hacer
de la experiencia cubana en revisión ahora por nosotros
mismos.
Seguir insistiendo en que la cercanía del imperialismo
y su bloqueo impiden conceder al pueblo todos sus derechos,
porque aquel pudiera aprovecharse, es negar por siempre
al pueblo de Cuba la libertad que ha conquistado en siglo
y medio de luchas, puesto que el imperialismo seguirá
allí quien sabe hasta cuando, y es también
desconocer el carácter antiimperialista y libertario
del pueblo cubano e hiperbolizar las débiles fuerzas
de la oposición anexionista.
Todavía existen quienes, confundiendo forma y contenido,
cuando oyen hablar de democracia, tan mal educados están
que solo la relacionan con el sistema burgués de
gobierno, democrático únicamente en algunas
de sus formas. El socialismo tendrá que hacer coincidir
forma y contenido de la democracia.
La elección directa de todos los gobernantes a todos
los niveles, que sean propuestos por las bases y la discusión
y votación por referendo de todas las leyes importantes,
sí convertiría nuestra democracia en participativa
y directa como corresponde al socialismo y nos diferenciaría
de la democracia burguesa representativa e indirecta.
Socialismo por la vida.
La Habana, 5 de mayo de 2010. Natalicio de Carlos Marx (1818).
Pedro Campos en Kaos en la Red
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